Críticas

Los oportunistas (2018)

DESEO VERSUS DESTINO

Por Sergio Ariel Montanari


En  un bar de un pueblo de Italia, no importa cuál, se sienta  cotidianamente un hombre con una enorme libreta de apuntes. Recibe a  gente diversa cuyos deseos son de difícil concreción. Pero él los  alienta a concretarlos: “se puede hacer”, dice. El asunto es complejo  desde el vamos porque no hay aquí red de contención ni posicionamiento  fácil para el espectador. Los hechos que van a acontecer, siempre fuera  de plano, están reñidos con la moral, están al límite de la sensatez y  no permiten identificación alguna. 


Deben robar, matar, engañar. Esto  hace a la película incómoda e inquietante. El hombre, que podría ser un  ángel o un demonio, luce parco y hermético. Sólo se limita a dar  indicaciones sobre un acto a seguir, si el “cliente” quiere conseguir  que se cumpla su deseo. Estos deseos son también cuasi delirantes: ser  más linda, recuperar la vista, recuperar a un familiar de una  enfermedad, cambiar la ética de la propia vida. Se realiza un pacto, a  modo de acuerdo, que depende en exclusiva de la voluntad del demandante.  Hay, por así decirlo, una apuesta fuerte al libre albedrío contra los  designios supuestamente inevitables del destino.


Paolo  Genovese, que ya había descollado con su anterior “Los desconocidos”,  vuelve a filmar una película coral con mínimo presupuesto y tremendo  guión. El escenario es casi teatral, ya que la cámara trabaja al  interior del bar y sólo se aparta para tomarlo desde afuera. En cambio,  el guión incluye todos los condimentos porque apuntala la idea central y  la despliega con cada personaje, la tensa con la desesperación de cada  uno de ellos llevada al límite. El título traducido al español es  inadecuado —ya que el original se denomina “The Place” (el lugar), como  el bar donde transcurren los hechos. Debió estar más ajustado a “los  desesperados”, porque nadie es oportunista de algo que le duele, lo  acosa o lo perturba.


A  los argentinos la película nos remite a dos hechos artísticos  conocidos: en primer lugar, aquellos primeros escritos de Alejandro  Dolina sobre “el ángel gris” y los famosos pactos con el diablo que  permitían a los desahuciados habitantes del barrio de Flores conseguir  algún beneficio para mejorar sus opacas vidas. Manuel Mandeb, quizás,  habría visitado a este misterioso hombre de saco, tal vez para  conquistar un amor imposible. Por otro lado, la estructura de pacto para  que se sucedan hechos extraordinarios, menta la idea de “Los  simuladores” de Damián Szifrón.  Aunque en este caso, el hombre que  recibe las consultas en el bar, se limita a dar indicaciones y todo se  resuelve en función de la decisión y acción de los demandantes.


Hay  cierto gusto por lo artesanal que se agradece: el personaje central  (notable Valerio Mastandrea) utiliza una enorme libreta de notas (no hay  celulares ni tablets, como si el guión proviniera de tiempos mediatos),  hay una rockola, aquel viejo selector de discos, donde en un momento  oportuno sonará “Sunny”, y la atractiva camarera, Sabrina Ferilli (“La  grande belleza”) tendrá la llave para romper algún molde, en un guiño al  mejor cine italiano de los 60.


En  síntesis, una película compleja para apreciar, amoral, que plantea el  antiguo dilema del libre albedrío torciendo al destino y provee  argumentos para conversar a todos aquellos que nos complace que la  película deje tela para cortar.


Ficha:

Título original: The Place 

Año: 2017

Duración: 105 min.

País: Italia

Dirección: Paolo Genovese 

Guión: Paolo Genovese, Isabella Aguilar

Música: Maurizio Filardo

Fotografía: Fabrizio Lucci

Género: Drama

Reparto: Valerio  Mastandrea, Marco Giallini, Alessandro Borghi, Silvio Muccino, Alba  Rohrwacher, Vittoria Puccini, Sabrina Ferilli, Silvia D'Amico, Rocco  Papaleo, Giulia Lazzarini, Vinicio Marchioni 

Productora: Leone Film Group / Lotus Productions

Premios 2017: Premios David di Donatello: 8 nominaciones, incluyendo Mejor director

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La librería (2017)

CUANDO EL CINE ES ARTE EN ESTADO PURO

Por Sergio Ariel Montanari


Se  encienden las cálidas luces de sala de nuestro querido cine público, El  Cairo, y se palpa el ambiente que deja una de las grandes películas del  año. Cuando uno termina de ver una obra de arte, el movimiento es  mínimo; la sensación de estar en la butaca es placentera y la gente se  va incorporando en forma lenta, paladeando el buen sabor de lo vivido,  sin urgencia por ganar la calle.


Definir a “La  librería” como una gran película no alcanza. Hay sensibilidad, certeza  sobre lo que se filma y precisión en el manejo de la cámara. No es  casual. La determinación de Isabel Coixet (“La vida secreta de las  palabras”) para escribir un buen guión, ponerse detrás de la lente y  contar una historia profunda ya es conocida. La realizadora española no  repara en modas ni golpes de efecto; simplemente filma con la  determinación de quien sabe lo que va a contar y cómo hacerlo. Su  versatilidad le permite filmar en idioma inglés. La traducción peca  levemente de austera. No importa demasiado. Como el peso de la narración  lo sostiene la cámara, se entiende de forma cabal. El argumento es  simple: una viuda en la Inglaterra de posguerra, años 50, llega a un  pueblito de la costa marítima y decide abrir una librería, negocio del  que carecía hasta ese momento el lugar. A la mayoría tradicional le  molesta la incursión de la intrusa y, bastante más, el rubro en que se  postula el negocio. 


A pesar de las trabas burocráticas y la oposición de  la aristocracia local, la mujer se obstina y persigue con valentía su  sueño de librera. Emily Mortimer destaca en su protagónico, de  intensidad ascendente, con cierto tributo a la Audrey Hepburn de “La  princesa que quería vivir”. Ella no ganó los premios que otros rubros  sí, pero bien los merecía. Habrá entonces coraje, envidia, persecución,  alianzas humanas y perversas. 


Una niña de familia humilde dispuesta a  algo más que colaborar. Y un hombre solitario que tal vez lo comprenda  todo. Coixet trabaja la humanidad de sus escasos personajes con  precisión. Arma sus planos con cuidado y les da el tiempo que cada uno  necesita para que sus sentimientos afloren. Su montaje es sutil, hecho  como con guantes de seda. Hay una escena despojada, a orillas del mar,  donde los gestos son más valiosos que las palabras; allí la cámara se  acerca acompañando la intimidad de los protagonistas. Esa escena es  memorable. La vamos a guardar por siempre como un tesoro más que nos  deja el cine que nos deleita. 


Ese cine que nos mejora la vida y, por  ende, ralentiza nuestra salida de la sala. Una vasta sensación de  humanidad en estos tiempos donde tanto necesitamos comprensión, respeto,  actitudes valientes y, ¿por qué no?, declarar nuestro amor  incondicional por los libros.


Ficha:

Título original: The Bookshop (2017)

Dirección: Isabel Coixet

Producción: Jaume Banacolocha, Joan Bas, Adolfo Blanco, Chris Curling

Guión: Isabel Coixet

Basada en la novela de Penelope Fitzgerald

Música: Alfonso Vilallonga

Fotografía: Jean-Claude Larrieu

Montaje: Bernat Aragonés

Protagonistas: Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy

País: España - Reino Unido - Alemania

Género: Drama

Duración: 112 minutos

Idioma: inglés

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Lady Macbeth (2016)

LA LOCURA DEL AMOR

Por Sergio Ariel Montanari


Hay  una primera referencia a un personaje shakespeariano que no se puede  soslayar. Aquella “Lady Macbeth” del teatro isabelino tenía el poder de  imaginar, complotar y convencer. Este personaje de película también.  Pero la historia es diferente. Tenemos el libro de un escritor ruso de  principios del siglo 19, Nilolai Leskov, y de allí proviene la tesitura  despojada e incisiva de los personajes, muy bien llevados por la mano de  un director novel del cine inglés: William Oldroyd.


El  filme maneja con conocimiento ancestral los pasos de la tragedia  inglesa. El personaje central, Katherine, llevado adelante por una  ascendente actriz inglesa, Florence Plugh, atesora los atributos  inherentes a las grandes performances: solvencia gestual,  transformación, manejo de los tonos, determinación.  


Corre  1865. Katherine es una adolescente “comprada” literalmente por un  anciano terrateniente inglés para que se case con su hijo, de modo de  cumplir con los cánones establecidos por el estatus dominante en la  sociedad. El marido en cuestión, Alexander, es un hombre desagradable  que la dobla en edad, la desprecia y la subyuga. Habrá que prestar  atención al primer diálogo donde él le ordena que se cubra del frío y  ella desiste, asumiendo que puede tolerar las ráfagas del gélido viento  rural. Allí, en una chica aún sometida, se nota el germen de lo que  vendrá. Como es de suponer, la falta de deseo de la pareja, genera una  tensión sexual que pasa a resolverse al primer momento de ausencia de  Alexander: ocasión para que Katherine salga a explorar la finca de su  esposo y se encuentre con la servidumbre masculina. Allí, la figura de  “Sebastián” la seducirá de inmediato. El planteo parece conocido; no  obstante, como si se articulara una partida de ajedrez entre  contendientes talentosos e incisivos, la película tornará en actos  inesperados no exentos de los síntomas de la locura. La protagonista  decide preservar su amor espurio contra toda coacción social. Y se  rebela contra la opresión de la época y se propone eliminar todo lo que  obstruya su deseo. Habrá entonces lujuria, decisión y desafuero. La  muerte pergeñada, y la necesaria sangre, como tributo a aquella lady  Macbeth del teatro isabelino. La delación de un personaje secundario que  no desentona, y el regreso de Alexander como desencadenante de la  tragedia. Y una vuelta de tuerca más…un niño extramatrimonial de su  esposo que ingresa a la vida de Katherine y la obligar a replantear su  estrategia. La comprensión inicial del espectador se verá incomodada a  cada paso por las brutales decisiones de la protagonista.


El  director va directo al hueso; junto a la claridad conceptual para dar  luz y planos estéticamente perfectos -párrafo aparte para la fotografía,  que termina de delinear la claridad conceptual de la realización- asume  la locura de su protagonista como un una saeta inexorable que cruza el  espacio en búsqueda de un único centro. A su paso, arrasa con sus  oponentes sin importar vínculos ni vidas. Y logra una ficción  interpeladora y emocionalmente densa, a la altura de la mejor tragedia  inglesa.


Ficha:

Lady Macbeth (Reino Unido/2016)]
Género: Drama

Duración: 89 min.

Intérpretes:  Florence Pugh, Christopher Fairbank, Cosmo Jarvis, Naomi Actie

Dirección:  William Oldroyd

Guión:  Alice Birch (Novela: Nikolai Leskov

Fotografía:  Ari Wegner

Música:  Dan Jones

Producción:  Protagonist Pictures

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Testigo de otro mundo (2018)

ENCUENTROS CERCANOS… AL ALMA

Por Sergio Ariel Montanari


Hay  un adulto mayor de aspecto humilde y aindiado que llora frente a  cámara. Ese primer plano es respetuoso… no se agregan palabras, no se  interpreta… simplemente observa la lágrima que corre el rostro curtido y  espera en silencio…como un amigo.

La película documental de Alan Stivelman es un hallazgo, en estos tiempos de estridencias y golpes de efecto. 


El  viejo tema del contacto con vida sobrenatural ha ocupado largas páginas  en la literatura e infinitos fotogramas en el cine. Pero esta película  se pone a resguardo del efectismo y la manipulación. Por el contrario,  asume la historia de un hombre al que le han sucedido hechos  extraordinarios y postula un camino de comprensión hacia esa vida  sufriente que sigue buscando respuestas a una experiencia única.


El  relato es concreto y preciso. Ese cuidado del guión es un mérito  indudable. El espectador acompaña esa voz en primera persona que debe  captar la confianza de un hombre con una historia fuerte. Desde el  inicio, está claro que el acercamiento será complejo y que los hechos  nos serán narrados con la firmeza que conlleva la verdad.

Juan,  un chico de 12 años de la zona rural de Venado Tuerto, en septiembre de  1978, salió a hacer una tarea habitual solicitada por su padre: arriar  una tropilla. En la soledad de esa vasta llanura, una nave extraña se  posó frente a su vista y la de su caballo, como únicos testigos de un  hecho sobrenatural. Lo que siguió, sólo Juan lo sabe. Y lo conoce bien  porque marcó su vida. Desde allí no pudo ya por años, dormir bien, ser  tomado en serio por sus pares, mucho menos por una sociedad descreída  que en la época carecía de elementos para juzgar el episodio. Juan se  aisló en el campo. Ahora es un hombre marcado por el estigma de su  infancia, ahora es un alma que sufre en silencio.


El  filme de Stivelman desanda el camino hacia aquel lejano día del 78 con  prudencia y rigor científico. Se interesa por los únicos que tomaron el  hecho con seriedad: un psiquiatra argentino que trató a Juan de muy  chico y Jacques Vallée  astrónomo francés que reside actualmente en San  Francisco, California quien en su momento había viajado a la Argentina  para interesarse de modo personal en los hechos. Y el rompecabezas se  completa con la sabiduría guaraní, ya que Juan es descendiente de esa  etnia. Es notable el hecho de que los ancestros de Juan tomen los hechos  con naturalidad y le den un sentido… quizá el sentido que el  protagonista aún no ha develado.


La lucidez de la  realización nos conduce de manera inequívoca a la profundidad de una  vida marcada por la vivencia de lo sobrenatural. El espectador queda  subyugado por la historia de Juan, la comprende y, mérito del filme, la  respeta. Hacía tiempo que no teníamos un documental así: profundo,  despojado de prejuicios y comprensivo del alma humana. Y como logra  emocionar, está sin duda dentro del registro del arte.


Ficha:

Testigo de otro mundo (Argentina/2018)]
Género: Documental

Duración: 78 min.

Intérpretes: Jacques Vallee, Juan Perez, Nestor Berlanda

Dirección: Alan Stivelman

Guión: Alan Stivelman

Fotografía: Marcelo Lavintman, Federico Luaces

Música: Miguel Miranda, José Miguel Tobar

Montaje: Yohan Fish

Producción: Alan Stivelman

Calificación: Apta para todo público con leyenda

Web: www.testigodeotromundo.com

Fecha de estreno: Jueves 10 de Mayo de 2018

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Madame (2017)

EL SINSABOR DE LA DISCRIMINACIÓN

Por Sergio Ariel Montanari


Ante todo, habría que advertir al público amante de la comedias, que ésta no es una película “para reír sin parar”. Es precisamente lo que se denomina una comedia dramática, una especie de paradoja que muy bien supo resolver la creatividad de los autores teatrales, desde  Shakespeare en adelante, valor ambivalente, al modo de la vida misma, que fue incorporado con desparejos resultados al mundo del cine.


Y justamente en el tratamiento del filme reside su mayor logro. Ya que el guión trasunta algunos de los lugares comunes de varias historias, pero toma un singular camino en la resolución de la propia. La siempre sólida Tony Colette a quien le asientan los roles de soberbia o cínica, encarna a una señora de alta alcurnia estadounidense que se instala en París a fin de dar una cena a amigos de la alta sociedad. Cuando descubre que el número de invitados será 13, por simple superstición, le solicitará a su principal sirvienta que ocupe un lugar adicional a la mesa, simulando todo lo que no es: rica, culta y recatada en sus gestos y comentarios. He ahí el planteo tradicional donde Harvey Keitel, actor de culto de décadas pasadas, asumirá un rol de simple partenaire, no exento de gracia en los pasos de comedia, pero sin peso específico en la trama. Esta función de los actores dramáticos devenidos a comediantes siempre despierta cierta sospecha de “zona de confort” que en este caso no termina de despejarse. Pero esto le ha sucedido a otros grandes como Nicholson o De Niro, de modo que no habría por qué recargar las tintas sobre el talentoso Harvey.


Hecho el planteo, aparece en escena la española Rossy de Palma, cuyos roles en la comedia española, en especial junto a Almodóvar, son de indiscutible factura. Y aquí, en el papel de la sirvienta que acepta el desafío y se sienta a la “mesa de los príncipes” también cumple con creces su indudable papel protagónico. Ella sostiene la película, incluso en la tensión dramática, y tras sus firmes pasos avanza la acertada cámara de la francesa Amanda Sthers —quien filma en idioma inglés, una concesión poco frecuente en los realizadores galos, quizá en consonancia con la demanda del mercado—. La directora acierta en enfatizar la historia de la sirvienta devenida en inesperada seductora, básicamente porque el resto de las historias son poco consistentes y, en realidad, parece deliberado ese planteo, teniendo en cuenta que Sthers, ante todo, ha sido guionista; lo cual no es poco para emprender la realización de una película. 


Habrá en esta lógica un “príncipe” que no conoce “el origen” de la plebeya dispuesto a seducirla y, por qué no, a enamorarse, como suelen proponer las película de género. Pero desde allí, los necesarios malentendidos propios de la comedia darán paso a una mirada más ácida de los prejuicios sociales de las clases altas de occidente que, por lo que se ve, comparten lujos, cinismo y discriminación en proporciones regulares.


Es interesante, entonces, el vuelco que da el filme en la última media hora, lo cual denota la mano firme de la guionista para dejar los cánones habituales de la resolución tradicional y tomar riesgo en la búsqueda de definir su mirada sobre el inexorable carácter de la sociedad en la que se desenvuelve la trama. Y justamente, esa determinación de acentuar los rictus amargos le da profundidad a la comedia y la vuelve, en definitiva, interesante.


Ficha:

Madame (Francia/2017)]
Dirección: Amanda Sthers
Elenco: Toni Collette, Harvey Keitel, Rossy de Palma, Michael Smiley, Tom Hughes y Violaine Gillibert
Guión: Amanda Sthers y Matthew Robbins
Fotografía: Régis Blondeau
Música: Matthieu Gonet
Distribuidora: Energía
Duración: 91 minutos
Apta para todo público con reserva  


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